Dicotomía de la vida

La cara: el nacimiento

El día de hoy que ya rebasa
la envejecida línea del tiempo
marca en un punto el justo momento
cuando el todo emergió de la nada.
Bajan torrentes de agua manada
del manantial de su nacimiento.
Nace una cabeza inmaculada
aún carente de sedimentos.

Es el alba de la vida.
Se oye un cuna mecer.
¡Alba acaba de nacer!
Y emprende un viaje de ida
camino a donde decida
que debe acabar de ser.

¿Cuales serán los senderos
por los que transitará?
Algunos llevan al mal
y otros los siguen los buenos.
¿Victoriosos derroteros
serán los que pisará?
¿tal vez blandiendo la paz?
¡¿O con la punta de acero?!

Camino aún no caminado.
Cimiento que aún no se ha erguido.
Destino aún no decidido.
La mano soltando un dado.
Raíces que aún no han brotado.
Cosas por ser que aún no han sido.
Un horizonte encendido
de un amanecer dorado.
¡Así empieza una vida!

La cruz: el entierro

Enfermo y convaleciente
al borde del estupor
esclavo de su dolor
sobrevive a duras penas.
Maltrecho y agonizante,
aún lucha por su vida…
¡Ya es una causa perdida!
No fluye sangre en sus venas.

Amigos y familiares
en cohesión de amargura
típicas frases conjuran
de sufrimiento profundo.
-¿Por qué le ha tocado a él?
¡Aún tanta vida tenía!
-¡Tan pronto como venía
y se marchó al otro mundo!

Son las lúgubres lumbres de cripta
las que brindan al rostro rubor
¡Mas es blanco su cuerpo en rigor!
Así la muerte queda descripta.
Y al difunto yaciente en la ardiente,
morbosa y tan siniestra capilla
lo ensalzarán los ambivalentes
que le dieron mayores rencillas.

Presidiendo el fatal sacramento
hay un hombre que es siervo de Dios
que también habla en el nacimiento,
mas hoy dice palabras de adiós:

-«Qué desazón.
Qué agonía.
¿Cuál será el día
del devenir?
Que mal final.
Que desenlace.
¡Todo el que nace
se va a morir!»

Y les habla de la muerte impía;
les intenta paliar el dolor;
y al difunto al que no conocía.
le profiere palabras de amor.

Ya se ha cerrado la tapa
de la caja de madera;
y ya no habrá primavera,
mas sólo habrá marchitar.
Dentro de la sombra opaca
la carne es perecedera
y la corrupción no espera
para el tejido quitar.

Rodeado de llantos funestos
le da sepulcro el enterrador.
¡Totalmente impasible ante éstos!
¡Para él nada ya es desgarrador!

Qué silencio hay en el camposanto.
Casi se oye a los muertos hablar.
¿Es este es el lugar tan de espanto
donde todos vamos a parar?

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