En esta poesía,
a símil ando.
Asimilando que dejaste de mirarme
como lo hicieron todos los ojos sobre el Sol en ese eclipse.
Asimilando que me reemplazaste tan rápido
como un niño que acabó su caramelo y que ya con uno nuevo se deleita;
como el fumador que enciende otro cigarro a partir del anterior.
Asimilando que dejaste de escucharme
como se dejaron de escuchar las sinfonías desde el oído de Beethoven;
como se deja de escuchar a un delirante.
Asimilando que prescindiste de mis aportaciones
de la misma manera que cruelmente la sociedad lo hace con las de sus
mayores;
de la misma manera que el ególatra prescinde de lo ajeno.
Asimilando que por ti he sido rechazado
como lo hace un padre con un hijo en cuyo rostro no se reconoce.
Por ti tantas cosas duras estoy asimilando…
Que aunque ya van así mil… ¡Ando!