De luz entraron rayos
que trajo el nuevo día
alumbrando las sombras
de corta noche estía.
Se iluminó mi cuarto
y en mi cama mullida
yaciendo allí mi cuerpo
recuperó la vida.
Me vestí y dando un salto
salí hacia la urbe.
El cielo sosegado,
más cubierto de nubes.
Mi pecho está inspirado;
brotan los calambures.
Se está formando algo
más aún no se descubre.
Caminaba anhelando
encontrar la poesía.
Y a poco que ya ando…
¡Ahí la vi escondida!
De un hoyo allí excavando
en donde nada había
la descubrí brillando…
¡Qué dorada pepita!
Y recité exclamando
a todo el que allí había
mis versos delicados
con estrofa medida.
Sorprendime yo cuando
allí en donde creía
un gran tesoro estando…
¡Nadie más lo veía!
Y la duda me arrolla.
¿Quien tiene aquí el buen prisma?
¿Delirando yo estoy ya?
¡Delirando de lira!
A mi nadie me apoya
en mi causa perdida
de cuidar bien la forma
tanto en el metro y rima.
Se tacha a la vertiente
de escritura medida
de río sin corriente;
de llama no prendida.
Y yo me hallo doliente
de haber cobrado vida
en la época presente
en que murió la rima.